El Agrocido Argentino
Diego Dominguez(1) - 11/06
En gran parte de las regiones extrapampeanas, donde avanza la frontera
agrícola por la sojización, no sólo crece la desocupación,
y aumentan los demandantes de planes sociales, sino que se produce la
contaminación por agroquímicos de vastas regiones, la
degradación ambiental y la apropiación de tierras y agua,
con la consecuente inhibición de otras actividades agropecuarias
y la desarticulación de los modos de vida de las poblaciones
rurales
Existen sospechas que señalan que lo sucedido en las comunidades
campesinas de Colonia Loma Senés, en Formosa (Argentina), y de
Pirapey 35, en Itapúa (Paraguay), es un emergente de un problema
extendido, generalizado.
Poco a poco, lo que era una sospecha se va volviendo una certeza. La
contaminación ambiental y humana, que se produce por fumigaciones
(aéreas y terrestres), en aquellos territorios donde se cultiva
soja transgénica parece reiterarse allí donde se posa
la mirada y se efectúan observaciones con estudio de campo.
Aunque no podamos afirmar terminantemente que el cultivo de soja transgénica
(y en general los cultivos transgénicos como el algodón
o el maíz) este impactando negativamente en todos los territorios
donde se instala; sí vamos registrando, con espanto, el despliegue
de un agro que podríamos caracterizar como excluyente, pero también
exclusivo. En gran parte de las regiones extrapampeanas, donde avanza
la frontera agrícola por la sojización, no solo crece
la desocupación, y aumentan los demandantes de planes sociales,
sino que se produce la contaminación por agroquímicos
de vastas regiones, la degradación ambiental y la apropiación
de tierras y agua, con la consecuente inhibición de otras actividades
agropecuarias y la desarticulación de los modos de vida de las
poblaciones rurales.
Este proceso que hemos detectado en Formosa, lo encontramos ahora también
en Entre Ríos, Santa Fe y Chaco. Estas provincias presentan,
en los últimos diez años, un marcado crecimiento del área
destinada a la producción de soja. Esto ha sido en detrimento
de cultivos tradicionales (algodón, arroz, lentejas, etc), pero
también a costa del monte nativo, de áreas destinadas
a la ganadería y de espacios ocupados por familias campesinas
(hacheros, ganaderos, mieleros, agricultores, etc).
En los relatos, de las poblaciones que viven en las áreas donde
se da tal expansión, se repite el testimonio del negativo impacto:
en el “cordón verde” de Paraná, en Villa Urquiza,
en Cerrito, en Colonia Celina, en Sir Leonard, en Lucas Sur y Norte
(Entre Ríos), en San Javier (Santa Fe), en Colonia Elisa, en
Napenay (Chaco). Quizás el número de localidades afectadas
sea mayor, pero se mantienen invisibilizadas puesto que no se puede
“barrer” un territorio entero, y no hay denuncias (o las
hay pero son silenciadas).
En Villa Urquiza, una docente que vive en zona rural, rodeada su casa
de cultivos de soja, relataba que ya en 1997 (en 1996 se aprueba la
soja transgénica) empezó a sentir olores fuertes, y “malestar”,
pero sería en el 2002 (el mismo año que se da el “boom
sojero” luego de la devaluación), cuando se descompuso
luego que una avioneta fumigadora le pasara por encima de la casa con
el grifo abierto esparciendo el cóctel de agroquímicos
(glifosato y 2.4D) sobre su cabeza. En ese momento perdió también
sus plantas frutales que se secaron, además de sus gallinas,
que según la autopsia que realizó el veterinario de la
zona fueron envenenadas presentando en todos los casos “el hígado
desecho”. En la zona no es el único caso, sin embargo existe
miedo y las denuncias no se realizan.
En la zona de Cerrito pudimos conocer el testimonio de un médico
de la zona que vincula directamente -aunque sea difícil demostrarlo-
la aparición de enfermedades en embarazadas, casos de cáncer
en la población joven, multiplicación de alergias y problemas
respiratorios, etc, con las fumigaciones de los sojales de allí.
En este poblado se logro al menos que la maquinaria agrícola
que se utiliza en la soja no pueda circular o estacionarse dentro del
perímetro urbano. En el área rural de esta localidad visitamos
a un campesino, propietario de una hectárea en medio de un “mar”
de soja.
A partir de las fumigaciones él ha perdido sus chanchos, gallinas,
frutales, y ha sufrido en carne propia la acción de los agroquímicos
que se utilizan para la soja (sus hijos presentaron: granos, problemas
respiratorios, ardor en los ojos, problemas digestivos). Para completar
el escenario, relataba el campesino, su vecino (un juez de paz de la
zona) que había arrendado el campo al productor de soja, lo ha
expropiado de su tierra. Este poderoso vecino, ha logrado poner a su
nombre la hectárea que el campesino habita con su familia y que,
según dice –el campesino-, figuraba a nombre de su bisabuela.
Cierra el caso, el hecho de que la familia campesina registra que el
sabor del agua se altera cada vez más, adjudicándoselo
al uso masivo de fertilizantes y herbicidas para soja que se realiza
en la zona. Tampoco es este un caso aislado, sin embargo, al ser la
mayoría de los pobladores peones rurales de los mismos empresarios
que producen soja, el silencio ante las contaminaciones se presenta
como la conducta más asumida.
Lo que no pudimos, pero hubiéramos querido hacer, fue entrevistar
al productor o campesino (también de la zona de Cerrito) que
indignado por las sistemáticas fumigaciones con avioneta que
realizaba sobre su casa el sojero vecino, decidió aguardar en
el límite del alambrado, con escopeta en mano, para finalmente
dispararle al aeroplano en el momento que esparcía en su campo
los “fulminantes” (que ya habían destruido sus frutales
y cultivos).
En las zonas rurales de Villaguay, centro de Entre Ríos, la situación
es similar. Según el relato de miembros de SOS Villaguay, y de
campesinos de la zona, fue posible saber que allí las contaminaciones
por fumigaciones de sojales vienen acompañadas de la apropiación
ilegal del agua de los ríos. En este caso el Río Gualeguay
ha sido represado en diferentes puntos por parte de grandes emprendimientos
de soja que realizan un uso deliberado del recurso. Se trata de una
cuestión compleja. El avance de la agricultura transgénica
se manifiesta en múltiples procesos atravesados casi todos por
la arbitrariedad.
Como le sucedido a una beneficiaria del Programa Social Agropecuario
(PSA). Una mujer, gracias al crédito que se le otorgo, obtuvo
una vaca lechera. Una vez, habiendo la vaca cruzado accidentalmente
al campo vecino para comer la soja allí plantada, sucedió
que el empresario sojero, viendo la situación, embistió
con su camioneta 4x4 matando al animal. Como en los demás casos
que narramos, no hubo indemnización, ni reconocimiento del perjuicio
económico.
En San Javier, provincia de Santa Fe, se registra también la
contaminación por efecto de los agroquímicos que se emplean
en el monocultivo de soja transgénica. Allí los campesinos
señalan que las fumigaciones con la maquina llamada “mosquito”
los ha perjudicado arruinándoles limoneros, durazneros, matando
gallinas, conejos.
También aquí se pudo recavar el relato de una enfermera
y una médica de la zona que tienen sospechas sobre el impacto
que estaría produciendo en la salud de la población el
cultivo de arroz y de soja que cubren la localidad. Aunque tampoco hay
datos concretos que salden esta sospecha, puesto que el Ministerio de
Salud no ha concretado las investigaciones que se le solicitaron, ha
habido una cantidad alarmante[1] de casos de bebes nacidos con anaencefalia
(ausencia de masa cerebral) que podrían deberse a las fumigaciones.
Pero son apenas conjeturas, que permanecen en ese estado por falta de
investigaciones que determinen las causas concretas de estos fenómenos.
Ya en Chaco, tanto en Napenay, como en Colonia Elisa, los campesinos
organizados en la Unión de Pequeños Productores de Colonia
Elisa (UNPEPROCE) y en la Unión de Pequeños Productores
del Chaco (UNPEPROCH), han comentado como se han visto afectados por
las fumigaciones que se realizan con glifosato tanto en la soja como
en el algodón transgénicos.
A su vez, en muchos de los casos que registramos los interlocutores
manifestaron que los Paraísos son los árboles que más
sufren por las fumigaciones, lo que le valió que en San Javier
le llamaran “árbol testigo”, ya que es en el primero
en el que se visualiza el efecto de la fumigación (existe el
argumento que señala que los Paraísos sufren también
a causa de un hongo: en tal caso hará falta investigación
apropiada).
Por lo alarmante y extendido del escenario que venimos encontrando,
intuimos que estas situaciones ocurren también en provincias
como Salta, Córdoba, Corrientes, Misiones, Buenos Aires, La Pampa,
etc.
Los agricultores familiares, expulsados del mercado formal y de los
complejos agroindustriales por las políticas de libre mercado
de los años ’90, estarían ahora siendo perjudicados
por los nuevos cultivos transgénicos al punto de no poder siquiera
producir para el autoconsumo o para las cadenas de comercialización
alternativas. Si esta hipótesis se viera convalidada totalmente,
estaríamos frente a un verdadero agrocidio silencioso.
Un agrocidio en tanto avanza un modelo de agro exclusivo y excluyente,
que no puede convivir con las diversas formas de vida rural. Un agrocidio
en tanto se configura una “agricultura sin agricultores”,
que nos hace dudar de la justeza misma de seguir hablando de “agricultura”
cuando estamos frente a un proceso de depredación de la biodiversidad
y de los saberes locales (campesinos, indígenas, nativos, etc).
El sueño productivista de transformar a la agricultura en una
industria más parece hacerse realidad. El campo como “fabrica
de alimentos”, según señalaba el INTA (Instituto
Nacional de Tecnología Agropecuaria), parece concretarse. Los
sujetos que llevan este proceso adelante serían los “agrodepredadores”
(como creativamente lo señalara el Presidente de la Asociación
de Pequeños Productores de San Javier), y el mecanismo es variado:
desmontes, contaminación, desalojos, etc.
De ser así, si este fuera el diagnóstico, una vez más
en la historia de las poblaciones rurales se estaría planteando
un desafío a la persistencia campesina, a la permanencia de los
hombres y mujeres del campo. La casi cómplice falta de respuesta
estatal, la obscenidad y soberbia empresarial que no tiene en cuenta
más que el lucro desmedido, colocan este desafío en manos
exclusivamente de las organizaciones de la sociedad, que desde el campo
y la ciudad puedan denunciar y tejer alternativas a este modelo de agro.
El agrocidio que sostienen los agrodepredadores se esta produciendo
en regiones amplias de Argentina, por ende es un problema que urge enfrentar.
Probablemente sea una de las prioridades que tenemos que encarar si
es que queremos imaginar ya no solo un futuro sino el mismo presente.
Quizás un cambio profundo en el modelo agroalimentario actual
podría llevarnos a transformar la base misma de los sectores
más concentrados de la Argentina y permitiría avanzar
definitivamente en la democratización de la gestión y
usufructo de las riquezas que son los recursos naturales del país.
Notas:
[1] Investigador del Instituto Gino Germani de la UBA. Buenos Aires
– Argentina.
[2] En algunas regiones del mundo los casos de anaencefalia se calculan
en 10 por 10 mil nacidos vivos. En San Javier en un año se dieron
12 casos en 300 nacidos vivos.