El impacto del monocultivo
en el agro argentino
Hasta las tierras ricas
de Pergamino y Arrecifes se ven degradadas por la soja
Por Esteban M. Trebucq
Así lo estimó el decano
de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de La
Plata. “Sembrar todos los años soja sobre soja contradice
todos los principios rectores de la agronomía”, le dijo
a Hoy. Otros especialistas afirman, sin eufemismos, que se destruye
el suelo. Y que tupidos bosques se están transformando en desiertos.
Con su exportación también se van nutrientes irrecuperables
de la tierra
El agro argentino es el octavo productor
mundial de alimentos y el quinto exportador en el mercado internacional.
El historiador económico chileno Mauricio Rojas, en su obra Historia
de la crisis argentina, sintetiza los factores que le permitieron a
la Argentina seducir a tanta mano de obra del sur de Europa a fines
del siglo XIX y principios del XX: los “copiosos recursos naturales,
su alta productividad agroganadera y la abundancia de comida barata”.
Hacia 1914 Argentina era vista como
el equivalente a los Estados Unidos en América Latina. En aquel
entonces, en París se exclamaba: ¡Rico como un argentino!
Prácticamente nadie sabía
qué era la soja. De hecho, en 1970 la superficie argentina de
2.791.810 kilómetros tenía apenas el 1% de sus tierras
cultivables con esta semilla. Hoy superó largamente el 13% de
su territorio, algo así como 300 millones de hectáreas
cultivables.
En nuestro país se consume
menos del 5% de todos esos sembradíos, que han ganado hasta montes
y huellas de caminos. Hay dos corrientes bien diferenciadas en cuanto
al análisis de esta situación: una, la más
halagüeña, ve a la soja como una gran posibilidad de cre-cimiento
para el país. Otra, más pesimista, cree que es una solución
pasajera con consecuencias impredecibles para nuestra economía,
medioambiente y desarrollo social.
¿Usted en cuál se
enrola?, interrogó Hoy al decano de la Facultad de Ciencias Agrarias
y Forestales de la UNLP, Guillermo Hang, que además es profesor
titular de Economía Agraria.
“Soy crítico de los
paquetes tecnológicos de capitales intensivos y me preocupa básicamente
el monocultivo”, responde rápido el avezado profesional.
Y argumenta: “Sembrar todos los años soja sobre soja, y
así sucesivamente, contradice todos los principios rectores de
la agronomía, los cuales propician la rotación de cultivos,
básicamente para que el suelo sea sustentable”.
“El monocultivo -sigue Hang-
trae aparejado una serie de situaciones, como la pérdida de la
biodiversidad en su conjunto”.
La perdurabilidad del suelo como
gene-rador de riquezas y alimentos constituye una de las llaves para
el progreso socioeconómico en el futuro inmediato, ante un escenario
mundial de notoria escasez de alimentos. La FAO, organismo para la alimentación
de la ONU, estima que hasta 2017 habrá un aumento del 20% promedio
en los precios de las carnes; de 30% en los azúcares; del 60%
en las oleaginosas; del 50% en la leche y del 80% en los aceites vegetales.
En consecuencia, si Argentina produce
alimentos no parecería una receta recomendable destrozar su suelo
por una ganancia pasajera.
Ahora bien, ¿realmente se
destruye la tierra con la soja transgénica? La corriente defensora
asegura que a través de la siembra directa, que propicia una
menor rotura del suelo por el menor paso de las máquinas, se
mejoran sus cualidades.
El ingeniero agrónomo de
la Universidad de Buenos Aires (UBA) Walter Pengue, especializado en
Mejoramiento genético vegetal, no coincide en absoluto. “Argentina
dejó de producir una rica y variada cantidad de productos, que
brindaban un equilibrado servicio para la alimentación de la
población, por un monocultivo transgénico (la soja trans)”
que no sólo redunda en divisas por exportaciones, sino que también
produce “desocupación, contaminación y desertización
del suelo” con consecuencias impredecibles para las futuras generaciones.
Así se
expresó en un documental elaborado por la cadena latinoamericana
Telesur denominado Hambre de soja, dirigido por Marcelo Viñas.
Más que un yuyito
La soja trans es una modificación
genética desarrollada y vendida por Estados Unidos y que se liberó
en 1996. Es más resistente a los destructivos agroquímicos,
crece con mayor facilidad y requiere de menos
trabajo. No es un simple yuyito.
Casi toda la soja que se produce
en los campos argentinos y en zonas ganadas al monte, no aptas para
la agricultora tradicional, se exporta como materia prima para la elaboración
de aceites u otros derivados, y
como forraje, básicamente para la alimentación de aves
de corral y cerdos en Europa.
Luego de la compra de los granos
trans, se produce la siembra directa: una pequeña huella en el
suelo sin remover, con un solo paso de la máquina alcanza para
comenzar el cultivo, el que crece hasta en lugares
increíbles, como vastos ecosistemas plagados de añosos
árboles y tupida vegetación en el hostil norte argentino.
Hang opina que con su siembra y
cosecha sin rotación de cultivos “se van muchos nutrientes
del suelo. Ya se nota una pérdida de materia orgánica
muy fuerte en zonas agrícolas tradicionales, como Pergamino y
Arrecifes.
En líneas generales, el deterioro es importantísimo”.
La doctora en Agronomía Laura
Echarte, científica del Conicet premiada el año pasado
con el premio L'Oreal-Unesco y actualmente en Canadá, demostró
en el estudio galardonado que el cultivo intensivo de la soja
proporciona una buena ganancia económica a los agricultores argentinos,
pero al cosecharse, de casi toda la materia vegetal que la planta produce,
muy poca materia orgánica vuelve a la tierra y resultan bajas
las proporciones de carbono.
¿Esto qué significa?
Que aparte de reducir la fertilidad de la tierra, la dismi-nución
de este carbono orgánico contribuye a la acumulación de
gases invernaderos en la atmósfera y por lo tanto, al calentamiento
global.
Riqueza irrecuperable
El especialista Fernando García,
del Instituto Canadiense del Potasio y el Fósforo, agrega otro
dato relevante a este panorama. “La soja precisa el doble de azufre,
nitrógeno y fósforo del maíz” para crecer
y desarrollarse.
El potasio y el fósforo son
un recurso no renovable natural del suelo. “En los últimos
20 años se vio un notorio descenso. En algunas zonas se pasó
de 60 partes por millón a 15 partes por millón en la tierra”,
aporta García, para quien “esto no puede sostenerse durante
más de 15 años. Si no se toman medidas urgente, en ese
tiempo muchos suelos se van a transformar en absolutamente inservibles”.
La cosecha 2002, recuerda el documental
de Telesur, reportó para Argentina 5 mil millones de dólares.
Pero no sólo se fue del país soja, sino también
900 mil toneladas de nitrógeno y 200 mil de fósforo, lo
que equivale a 900 millones de dólares. “Casi el 20% de
lo que se exporta son nutrientes”, se lamenta García.
Es decir, el suelo argentino subsidia
con ese altísimo porcentaje el negocio sojero, el que se expande
a razón de un millón de hectáreas por año
en el país.
El decano Hang cree que hay otro
factor en el esquema actual de la soja. “Por la notable expansión
de este cultivo, prácticamente no quedan campos para arrendar.
Quien arrienda busca una rentabilidad inmediata.
Es decir, maximizar los rindes del suelo. No le importa si éste
luego no sirve más”, opina el ingeniero.
Para el economista de la UBA e integrante
del Plan Fénix Jorge Schvarzer, “la soja expulsa al trabajador
del campo, que migra y se acumula en la periferia de las grandes ciudades.
Y además provoca un daño irreparable al suelo”.
En el Chaco la producción
algodonera, cuya cosecha es manual, se redujo un 80% en los últimos
años ante el avance de la soja trans. Los recolectores inmediatamente
se quedaron sin trabajo. En los pueblos que
rodean el otrora arco algodonero, seis de cada diez padres de familia
no tienen empleo.
Hoy la soja está en boca
de todos. Y sus efectos son evidentes. ¿Servirá insistir
con esta política agropecuaria?
Esteban M. Trebucq
http://www.diariohoy.net/notas/verNoticia.phtml/html
/268572072/0852/Hasta-las-tierras-ricas-de-Pergamino-y-
Arrecifes-se-ven-degradadas-por-la-soja/?1024