Semillas genocidas Guerra
biológica contra los campesinos
Ojarasca 107 marzo 2006 - por Verónica
Villa
Las empresas de biotecnología
están seguras de que ya inventaron algo para lograr el control
total de los pueblos campesinos: nuevas semillas transgénicas
incapaces de reproducirse, apodadas Terminator.
Los agricultores de India que apostaron
al algodón transgénico en los noventa quedaron atrapados
en deudas impagables por el alto costo de las semillas, sus insumos
agroquímicos y una plaga imposible de erradicar.
Deudas tan terribles de las que sólo se pueden librar quitándose
la vida. Más de 40 mil campesinos se han suicidado por esa causa.
Más del 90 por ciento de quienes se suicidaron en 2005 habían
sembrado algodón transgénico de Monsanto.
El último modelo de transgénico
son semillas que producen un veneno y se autointoxican después
desarrollarse lo suficiente para servir como grano procesable. Esta
invención es el gran orgullo de las empresas de
biotecnología, pues la pueden aplicar a todo tipo de cultivos
independientemente de la forma en que se reproduzcan. El arroz y el
trigo, que no llamaban mucho la atención de las empresas porque
al cruzarlos no
había forma de introducirles características de interés
comercial, se convierten en las víctimas más urgentes
de Terminator, pues alimentan al menos a una tercera parte de la humanidad.
La idea "genial" detrás
de los transgénicos es que quien controle las semillas, y más
aún, los genes de las semillas, tendrá el control de toda
la cadena alimentaria. Ni con los híbridos ni con los transgénicos
las empresas
pudieron obtener el control que ahora sueñan con Terminator.
Con las semillas suicidas se acabará, en dicho de las empresas,
el desorden en la agricultura: a las semillas híbridas, los campesinos
les quitan lo malo y
las incorporan a su familia de semillas. A las transgénicas,
las han pirateado, dejando de pagar derechos a las empresas por cualquier
beneficio obtenido. Se terminarán las "variedades obsoletas"
y los campesinos dejarán
de hacer lo que ha mantenido la vida en el planeta: criar semillas.
También se acabarán muchas variedades de insectos y animales
(pues no se sabe bien qué ocurrirá a quien coma esas semillas
que se autointoxican), y se
devastarán los cultivos que se contaminen, pues la semilla que
nazca será suicida también. Semillas suicidas. En realidad,
semillas genocidas.
Terminator, la tecnología
de protección de genes o de restricción del uso genético
es un invento que acota la vida desde lo más íntimo, y
desde allí, desde ese núcleo invisible, busca asegurar
la destrucción de la autonomía
campesina. ¿Cuál autonomía campesina? La que contundentemente
y sin alardes resuelve la vida de 1 400 millones de personas, la cuarta
parte de la humanidad. La humanidad que cuida la tierra, que resguarda
la diversidad de plantas y animales, que asegura el fluir infinito del
agua, que tiene la posibilidad de producir sus alimentos, es decir,
ser dueños de su existencia sin rendir cuentas a las transnacionales.
La humanidad que produce al menos el 20 por ciento de toda la comida
del mundo.
Las empresas sienten como una ofensa
personal la crianza de los cultivos, el que haya redes de semillas nativas,
que haya quien ejerza una relación directa con la tierra, que
exista la posibilidad del autogobierno
comunitario. Que la cuarta parte de los habitantes del planeta sean
campesinos que gestionan su propia existencia es un desafío directo
a su poderío.
La guerra biológica contra
los campesinos, en una fase más cruenta de lo que ha sido la
revolución verde, está a punto de comenzar, si en las
reuniones del Convenio de Diversidad Biológica de la onu se da
luz verde a la venta de semillas Terminator (esto se discutirá
en Brasil, las próximas dos semanas). Los coyotes mundiales de
los alimentos quieren burlar y controlar el secreto de la vida de las
comunidades (que es la vida de la humanidad), transmitido por las hormigas
y los pájaros en las historias mayas, o custodiado en las casas
sagradas del maíz de los pueblos wixárika.
El ciclo agrícola campesino,
ejercicio de una relación sin intermediarios entre la comunidad
y el territorio y sus frutos, que incluye no solamente los "insumos
agrícolas" sino también las celebraciones, las enseñanzas,
las
historias, el emparentarse y resolver en colectivo, es el botín
que codician los vendedores de Terminator. No para suplantar a los agricultores
sobre la parcela, sino para transformarlos irreversiblemente en cualquiera
de los
tipos de esclavos modernos, en el campo y en la ciudad, de cuya sangre
se alimenta el capital.
Sería inalcanzable e imposible
suplantar en la milpa el conocimiento profundo que han construido miles
de pueblos durante 12 mil años. La sabiduría de enfrentarse
a todos los vientos, lluvias y soles imaginados;
tratar con el sinfín de suelos y animales, o persistir ante el
paso de las revoluciones políticas, luchas armadas y gobiernos
del cambio sería demasiado para la lógica burda de las
empresas que sólo piensan en ganar más
y más. La ruta segura es la destrucción de la vida campesina
desde sus fundamentos.
Ya se saben los horrores, con todo
detalle. Los países de África han opuesto su voz desgarrada
desde 1998 a la invasión de las semillas genocidas. Cimbrar la
onu es una tarea de héroes solitarios que ofrecen su último
aliento ante la catástrofe (los negociadores africanos se cuentan
entre quienes de manera más necia han frenado, hasta ahora, la
comercialización de Terminator). Es necesario. Cada día
más organizaciones de todo tipo, en todo
el mundo, profieren alguna maldición contra esta tecnología
de control genético.
Sin embargo, insistir en el ciclo
campesino, de saberes ancestrales, es camino cierto e inmediato: hablarle
al maíz en su idioma, honrar los primeros frutos, heredar un
puñado de semillas de los abuelos el día de la
boda, experimentar con los granos más rozagantes, negarse a individualizar
las tierras, desconfiar de los que nos piden registrar el agua que hacemos
fluir cuando cuidamos los bosques, ganar un pleito agrario contra los
narcos
o los ganaderos o los empresarios; es decir, seguir siendo campesinos,
cobra más fuerza que nunca en esta época en que la ciencia
bizarra cree que con algunos genes puede destruir esto que aquí
se describe nomás un poquito.
La fuerza contra Terminator reside
en la persistencia de los sembradores que mantienen viva la posibilidad
de escaparse del mercado, que saben del orgullo de tener su saber tecnológico
en sus manos, que habitan en los
rincones del planeta densos de plantas y animales y espíritus,
donde los bosques cuidan la asamblea y la fuerza del agua que llueve,
riega y corre nos mantiene alerta. La fuerza contra Terminator está
en los lugares del
planeta donde las semillas son respetadas como a un igual que carga
en su ser la vida que garantizará la existencia por siempre de
las comunidades.
Verónica Villa: integrante
del Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y
Concentración
(Grupo ETC)
Para profundizar esta información, consulten
www.etcgroup.org