Los
riesgos de ensayar un trigo manipulado genéticamente
El peligro
de convertir a Uruguay en un banco de pruebas para para volver a caer
en un cultivo transgénico con su propio agroquímico.
Existe una
creciente controversia frente a la evaluación que está
realizando el gobierno de una nueva variedad de trigo manipulada genéticamente,
denominada HB4-PAT. Los defensores de ese tipo de ingeniería
genética lo defienden por argumentos relacionados con mayor productividad
o menores costos; en este caso el proponente describe a este nuevo trigo
como "resistente a la sequía" y tolerante a un herbicida,
el glufosinato de amonio. Se solicita liberarlo para cultivarlo en forma
controlada para hacer ensayos.
Sin embargo,
esta variedad no se utiliza para fines productivos en ningún
país.
Es que los
riesgos involucrados son enormes. Por ejemplo, uno de los reportes que
está manejando el propio gobierno advierte que este trigo tiene
genes resistentes a antibióticos, y por lo tanto existe un riesgo
en que éstos se vuelvan a transferir a otro organismo. Si eso
sucede, tendríamos que enfrentar, pongamos por caso, un microorganismo
resistente a antibióticos. Además, como la ingeniería
genética no es perfecta, en ese trigo hay otras secuencias genéticas
que según el reporte parecería que no se saben sus efectos,
lo cual incrementa el riesgo.
Por otro
lado, ese trigo funciona asociado a una práctica agronómica
que exige usar un herbicida, el glufosinato de amonio, el que también
tiene algunos efectos negativos conocidos y muchas dudas sobre otras
consecuencias que todavía no han sido adecuadamente ponderadas,
incluyendo sus efectos neurológicos en las personas y los ambientales
en la naturaleza. El glufosinato de amonio viene siendo aplicado cada
vez con más frecuencia para suplantar al glifosato, ya que está
aumentando la proporción de malezas que dejaron de ser resistentes
a éste.
De algún
modo se repite aquí el esquema que se observa con la soja transgénica
que no puede ser separada del herbicida glifosato. En este caso estaríamos
ante trigo transgénico más glufosinato de amonio.
Por lo tanto
enfrentamos a una situación donde parecería que se utilizaría
al país como un laboratorio de ensayo para testear un cultivo
modificado genéticamente que nadie, excepto Argentina, utiliza.
Si todo sale bien, respiraremos aliviados, pero si algo sale mal, todos
tendremos que cargar con las consecuencias. Casi siempre llegamos atrasados
a muchas cosas, pero justo en esta, con toda su incertidumbre y riesgo,
parece que algunos quieren ser los pioneros.
Algunos de
estos problemas fueron señalados por informes institucionales,
como uno del Ministerio del Ambiente, elevados a una Comisión
para la Gestión del Riesgo. Esta debe ponderar las posibles consecuencias
negativas de un nuevo cultivo modificado genéticamente. Esta
comisión realizó una "consulta pública"
que consistió en colocar en la web los informes técnicos
durante 15 días (entre el 3 y 17 de junio).
La comisión
a su vez es parte del Gabinete Nacional de Bioseguridad, donde se tomará
la decisión final. Ese gabinete está constituido por seis
ministerios (Agricultura, Economía, Industria, Relaciones Exteriores,
Salud y Ambiente). El gabinete es asistido por una comisión donde
además participan técnicos del INIA, el Instituto Nacional
de Semillas, LATU, y los institutos Pasteur y Clemente Estable. No debe
pasar por alto que no participan a ese nivel la Universidad de la República,
las gremiales de productores rurales ni las organizaciones ciudadanas
enfocadas en el ambiente. El resultado de esto es que faltan muchas
voces en esas evaluaciones.
Más
allá de todo eso, lo que verdaderamente se está sopesando
con este tipo de variedades alteradas genéticamente es remontar
una paradoja que se oculta porque no puede ser explicada de forma creíble.
Es que durante aquella primera generación de variedades transgénicas,
como la de la soja RR, se insistía en la inocuidad e incluso
bondades del herbicida que tenía asociada, el glifosato, y que
ello serviría para aumentar la productividad. Las alertas tempranas
que la productividad realmente seguía dependiendo de condiciones
como el régimen de lluvias. Fueron desoídas, pero el tiempo
demostró que eran ciertas. Del mismo modo, las advertencias sobre
el surgimiento de hierbas resistentes eran minimizadas o ignoradas por
los promotores empresariales, académicos y gubernamentales de
ese paquete. Aquí en Uruguay como en otros países se decía
que los que lanzaban esas alertas no eran científicos sino militantes
mal informados. Sin embargo, aquella advertencia estaba basada en conocimientos
básicos sobre el funcionamiento de la Naturaleza.
Pero poco
a poco comenzaron a aparecer las variedades de hierbas resistentes al
glifosato (como ocurre con el llamado "raigrás"). El
"paquete" de la variedad transgénica con su herbicida
específico ya no funcionaba a la perfección. En algunos
sitios esas hierbas resistentes ganaban la pulseada y comenzaban a tener
efectos en la productividad. A ello se sumó la catarata de estudios
que alertan que el glifosato no era tan inocuo como se pensaba y posiblemente
esté involucrado en todo tipo de consecuencias negativas en la
calidad del ambiente y de la salud de las personas.
Esto permite explicar la paradoja: se confirmaron las advertencias de
las limitaciones de herbicidas supuestamente milagrosos, y en lugar
de disculparse por la petulancia pasada para dar lugar a alternativas
distintas, se vuelve a insistir en la misma receta, otro herbicida milagroso.
Se apela a un químico que solo servirá por unos años,
y cuando la resistencia que genera lo vuelva productivamente ineficaz,
simplemente se responde que se pasará a otro agroquímico.
Se abren las puertas a un negocio que aparentemente sería perpetuo
donde siempre habrá un nuevo herbicida para reemplazar al anterior
que ya es ineficiente. Allí está la paradoja: el fracaso
del agroquímico permite ilusionarse con un negocio perpetuo.
Los impactos
de los herbicidas recién ahora están comenzando a entenderse
en toda su complejidad y cabalidad. En el caso del glifosato se están
sumando uno detrás de otros los reportes científicos sobre
sus efectos negativos. En los últimos meses han concluido en
Estados Unidos tres juicios considerados líderes para un estimado
de 13 mil demandas que están en espera. En esos tres casos la
empresa Monsanto, manufacturadora del herbicida glifosato, fue encontrada
culpable en primera instancia debiendo pagar por resarcimientos y daños
punitivos; la suma de todos esos juicios alcanza unos US$ 2 200 millones.
Por lo tanto,
suplantar el glifosato por glufosinato puede ser una cuestión
de necesidad económica para algunas corporaciones para no seguir
enfrentando nuevas demandas judiciales que se vuelven una sangría
financiera.
Aquí
en Uruguay, las autoridades del MGAP parecería que están
en otro mundo que minimiza todas estas situaciones o no las conocen.
Es como hacer oídos sordos a todas las polémicas y alertas
sobre los impactos de la "soja + glifosato" que se viven en
el país y en muchas otras naciones. A contracorriente de todo
eso, recordemos que el pasado año, los jerarcas de ese ministerio
le decían a la comisión de agricultura y ganadería
del Senado, que el glifosato era más o menos lo mismo que una
aspirina. Entonces, si al actor clave en la autorización del
paquete "trigo transgénico + herbicida glufosinato"
todo eso le parece lo mismo que un dolor de cabeza y un analgésico,
se comprenden las preocupaciones de muchos con los modos por los cuales
se evaluará este caso.
Más
información:
Reportes
técnicos y el proceso de consulta sobre el trigo transgénico
Sobre los
entendidos del MGAP acerca del herbicida glifosato y el primer juicio
perdido en Estados Unidos, ver mi columna:
El
analgésico del MGAP perdió una demanda por 289 millones
de dólares, Montevideo Porta, 13 agosto 2018
Eduardo
Gudynas
27 Junio
2019