Misterios
de la polenta
Por
Diego Martino
- Centro Latino
Americano de Ecología Social, Octubre 2007
Las investigaciones
sobre alimentos genéticamente modificados son insuficientes,
y los primeros resultados muy preocupantes.
Si usted vive en
Uruguay, ha comido polenta, maíz, jugos con soja, cereales, o
caldo, seguramente ha consumido organismos transgénicos (OGMs).
Eso sí, aún no está claro que los alimentos transgénicos
seguros para la salud.
¿Quiere usted dejar de consumirlos? ¡Suerte! Los consumidores
uruguayos no tienen información suficiente para poder decidir.
Si tiene duda sobre algún alimento, llame al importador o fábrica
y verá que ni ellos mismos pueden asegurar si su producto contiene
o no trazos de maíz transgénico.
Los transgénicos
son organismos a los que se les ha insertado al menos un gen de otras
especies con el fin de generar propiedades ajenas a su estructura natural.
Los más utilizados y comercializados hasta ahora confieren al
organismo una mayor resistencia a ciertos agroquímicos o plagas.
Es común
escuchar entre los defensores de los alimentos transgénicos,
frases como que ningún OGM causó jamás la más
mínima enfermedad, ni siquiera un dolor de cabeza o que no hay
evidencia sanitaria negativa
en su contra. También es común que se acuse a aquellos
que se oponen a consumir dichos alimentos o que prefieren estar informados
antes de hacerlo, de ser "pseudo-científicos" y charlatanes
alarmistas. Hay, sin
embargo, resultados de estudios científicos que revelan falta
de información acerca de los potenciales efectos negativos en
la salud y reportes preocupantes sobre el consumo de transgénicos.
La primera señal
de alarma pública surgió de un estudio a cargo del hasta
ese momento prestigioso doctor Árpád Pusztai que tenía
el objetivo de establecer métodos claros para la identificación
de posibles peligros para los humanos, animales o el ambiente provenientes
de los alimentos genéticos. Esta era la primera oportunidad en
que los efectos en la salud de las ratas alimentadas con papa transgénica
serían estudiados en forma independiente. El equipo de Pusztai
presentó un plan de trabajo que le valió un proyecto de
más de tres millones de
dólares y derrotó a 28 organizaciones competidoras.
Resultados preliminares
de su investigación mostraron cambios preocupantes en el tamaño
y peso de los órganos de las ratas. Pusztai dio a conocer parte
de estos resultados en un programa televisivo en 1998. Luego fue víctima
de numerosas críticas, originando una controversia que destruyó
su carrera. El episodio incluyó propaganda
orquestada por multinacionales, debates entre la Royal Society, The
Lancet, The Guardian, y otros actores de la sociedad inglesa.
Su estudio fue aceptado
para publicar en una de las revistas médicas más prestigiosas
del mundo, The Lancet. Los editores de la revista, previendo los problemas
decidieron enviar el artículo a seis colegas
para ser revisado, en lugar de tres como se hace habitualmente. Cuatro
estuvieron de acuerdo en que fuera publicado por sus méritos
científicos.
El caso Pusztai
fue célebre por su relevancia, por llegar directamente a una
audiencia no científica, y por la vehemencia con que la industria
y parte de la academia se puso en su contra. Pero no fue el único.
¿Por qué
consumimos estos productos sin saberlo? Hay muchos intereses de por
medio, y hay, además, muchos estudios realizados por las propias
industrias. ¿Usted confiaría la decisión sobre
la seguridad de un alimento a la misma persona que invirtió millones
de dólares en que ese alimento se comercialice? Si se han realizado
tantos estudios que prueban la seguridad de los alimentos, ¿por
qué no se publican en revistas científicas para que puedan
ser revisados por la comunidad científica?
En marzo se publicó
el resultado de la revisión de un estudio sobre maíz transgénico
realizado por la empresa multinacional Monsanto, especializada en transgénicos.
Los primeros datos generaron controversia y una corte de apelaciones
de Alemania liberó al público el acceso a los datos del
estudio. El mismo correspondía a un
experimento de 90 días alimentando ratas. Con la misma información
que usaron los científicos de Monsanto, científicos independientes
encontraron pérdida de peso mayor en las ratas macho alimentadas
con el
transgénico, signos de toxicidad renal. Concluyeron que se necesita
más experimentación y que no se puede establecer que ese
maíz sea seguro.
Sí se puede
concluir que hay evidencia en contra, y que ésta es poca debido
a que existen pocos estudios diseñados para ese fin. Este último
punto es el que ha llevado al National Research Council a catalogar
de
no científico a quien diga que no existe ningún daño
por plantas GM, ya que sencillamente no se ha estado buscando. Afirma
que el método empleado hasta ahora es la ausencia de evidencia,
en lugar de la
evidencia de ausencia de problemas. O sea que no es que no existan pruebas
de que los alimentos son seguros, sino que no se han estado buscando
pruebas de que no lo sean. Por eso, el panel de expertos de la
Royal Society de Canada recomendó que quienes desarrollan alimentos
biotecnológicos deberían realizar todos los ensayos necesarios
para demostrar en forma confiable que no presentan riesgos inaceptables.
La Royal Society,
que ha sido acusada de dejarse influenciar por la industria de los transgénicos,
opinó que es posible que ésta pueda llevar a cambios impredecibles
en el estatus nutricional de los alimentos. Recomendaron mejores controles
de seguridad antes de la aprobación de cultivos. También
establecieron que se necesitaba un
ajuste de las reglas, particularmente con referencia a posibles alergénicos
y transgénicos en comida para bebés.
(*) Integrante de
CLAES, Centro Latino Americano de Ecología Social.
Octubre 2007