Sin moratoria
para cultivos transgénicos
Apertura, regulaciones y
riesgos
El gobierno acaba de anunciar
que seguirá abriendo las puertas a los cultivos transgénicos,
y asegura que analizará rigurosamente cada solicitud, garantizando
el menor riesgo posible. Sin embargo, un documento emanado del proceso
de decisión afirma que en Uruguay no existe personal académico
entrenado para tales fines.
El gobierno acaba de anunciar
que seguirá abriendo las puertas a los cultivos transgénicos,
y asegura que analizará rigurosamente cada solicitud, garantizando
el menor riesgo posible. Sin embargo, un documento emanado del proceso
de decisión afirma que en Uruguay no existe personal académico
entrenado para tales fines.
Por Virginia Matos
Publicado en Brecha - www.brecha.com.uy
Después de un año
y medio de moratoria, el lunes 21 de julio el ministro de Ganadería,
Agricultura y Pesca, Ernesto Agazzi, confirmó la opción
de Uruguay por una coexistencia regulada de transgénicos con
otros sistemas de producción. Se termina así la suspensión
de autorizaciones para nuevos cultivos genéticamente modificados
(GM), establecida por el propio gobierno para diseñar políticas
sobre biotecnología.
La transgénesis es una técnica
revolucionaria de la ingeniería genética que permite aislar
el gen de un organismo para introducirlo en otro. Lo novedoso es que
habilita el intercambio de genes entre especies y reinos diferentes.
Sus aplicaciones en la agricultura posibilitan introducir en una semilla
genes de bacterias y virus para hacerla resistente a herbicidas, a plagas
o a condiciones climáticas adversas.
Desde su irrupción masiva
en la década de 1990, los cultivos gm han sido objeto de gran
controversia mundial puesto que conllevan riesgos para el ambiente y
la salud humana, entre otros cuestionamientos. Diversos estudios dan
cuenta de efectos negativos sobre la salud –por lo cual muchos
consumidores los rechazan, especialmente los europeos– y se han
comprobado consecuencias no deseadas sobre la flora, la fauna y los
suelos. Además, las promesas de las pocas multinacionales que
los fabrican sobre mayores rendimientos, productividad y menor uso de
agroquímicos se estarían desvaneciendo contrastadas por
la realidad.
Estas empresas y los gobiernos
que permiten cultivos gm argumentan que antes de ser liberados al ambiente
son rigurosamente estudiados, que los riesgos para la salud son admisibles
y los daños no están demostrados, y que los peligros para
el ambiente son controlables si se aplican determinadas medidas en el
manejo de los cultivos. La dificultad radica en el efectivo cumplimiento
de esas medidas, pero sobre todo en que su aplicación no garantiza
que no haya impactos negativos.
En Uruguay hay tres transgénicos
autorizados en anteriores administraciones: la soja resistente al herbicida
glifosato y los maíces Mon 810 y Bt 11, ambos resistentes a plagas.
Técnicos contratados por la Dirección Nacional de Medio
Ambiente (Dinama)* revelaron que los maíces autorizados no son
los adecuados para nuestra matriz de plagas –algo que ya había
sido advertido por la Facultad de Agronomía–, y que “el
análisis de riesgos no ha sido conducido correctamente en ninguno
de los procesos de aprobación de maíz transgénico”
(véase Brecha 2-XI-07). También mencionan los importantes
daños que está provocando la soja transgénica en
los ecosistemas uruguayos, ante lo cual el gobierno ha impuesto determinadas
condiciones a quienes la cultiven. La soja fue autorizada en 1996 sin
que mediara análisis de riesgo.
Consultado acerca de los motivos
por los cuales Uruguay optó por la coexistencia en lugar de inclinarse
por el no uso de transgénicos, el presidente del Instituto Nacional
de Semillas (Inase), Enzo Benech, dijo a Brecha que “es una definición
política que se tomó habiendo analizado la legislación
del mundo y las conveniencias de Uruguay. Plantearnos un escenario libre
de transgénicos parece medio utópico. Estamos en un mundo
globalizado, la biotecnología es una realidad. En Uruguay ya
estamos en un marco de coexistencia puesto que el 100 por ciento de
la soja uruguaya es transgénica y más del 50 por ciento
del maíz también, por lo tanto se eligió un camino
que le da garantías a todos los usuarios a través de una
coexistencia regulada. La posición del gobierno no es a favor
ni en contra de los transgénicos;; no hay posiciones genéricas
que sirvan para todo sino que hay que estudiar caso a caso (las solicitudes
de nuevos transgénicos). La idea no es que ingrese todo sino
lo que le sirve al país”.
En cuanto a los riesgos, el funcionario indicó que “cualquier
cosa tiene riesgo, cuando uno sale a la calle hay probabilidad de que
lo pise un auto. Acá es lo mismo. Entonces se asumen niveles
de riesgo y se fijan parámetros que si se cumplen tomando en
cuenta los aspectos de la salud, del ambiente y del comercio del país,
se puede aprobar un transgénico nuevo sin crear problemas para
la población”. Sin embargo, según un documento elaborado
por un grupo de trabajo sobre el ambiente que funcionó en el
marco del Comité Nacional de Bioseguridad –una instancia
de discusión convocada por el gobierno que trabajó durante
2006–, “no existe personal académico entrenado en
evaluación de riesgos”.** El ministro Agazzi dijo a Brecha
que “sí hay personal capacitado y vamos a capacitarlos
más. Si todo estuviera pronto sería una papa”.
Para el secretario ejecutivo del
Centro Latinoamericano de Ecología Social (Claes), Eduardo Gudynas,
“este es un aspecto clave. Diversos estudios indican que la debilidad
en las capacidades nacionales de evaluación de riesgo hace que
muchas veces se dependa de los estudios realizados en otros países,
bajo condiciones agroproductivas y ambientales distintas. La presión
de las empresas es sustantiva y no todos los técnicos son independientes,
ya que algunos pueden haber trabajado en investigaciones financiadas
por el sector privado. El antídoto para estos problemas sería
que los productores y las ong participaran en el diseño del análisis
de riesgo y que éste fuera transparente”.
COEXISTENCIA CUESTIONADA. El concepto
de coexistencia implica la convivencia armónica de sistemas de
producción orgánica, de agricultura convencional y con
organismos genéticamente modificados (ogm) sin afectarse significativamente
unos a otros gracias a medidas específicas de gestión.
Según los citados técnicos contratados por la Dinama,
la posibilidad de coexistencia “ha sido puesta en tela de juicio
en los últimos años por parte de la comunidad científica,
con miradas ciertamente críticas”.
La decisión del gobierno
uruguayo se produce meses después de que varios países
europeos prohibieran el maíz Mon 810 debido a que la coexistencia
no fue posible. Alemania, Hungría, Austria, Rumania, Italia,
Grecia y Polonia siguieron los pasos de Francia, que prohibió
el cultivo en enero último. El comité científico
francés que opera en la materia aseguró que “hay
datos que no se conocían en 1998 (cuando el maíz fue autorizado)
que demuestran que la dispersión del polen alcanza distancias
quilométricas. Es imposible garantizar que no se produce polinización
cruzada, que una planta transgénica polinice una tradicional.
Esto puede arruinar a los agricultores ecológicos, a los que
se les exigen productos libres de transgénicos”.
El estudio del gobierno francés
también concluye que “hay posibles efectos tóxicos
adversos a largo plazo sobre las lombrices, los isópodos, los
nematodos y las mariposas monarca. (…) y que faltan estudios sobre
la toxicidad a largo plazo sobre el hombre y la persistencia de la toxina
(contenida en el maíz) en el ambiente”.***
Gudynas estima que “es impactante que un sector que se presenta
como lo más avanzado desde el punto de vista científico
y tecnológicamente de punta, no sólo no ha podido evitar
la contaminación entre variedades convencionales y transgénicas,
sino que la propia definición de orgánico ahora tiene
que aceptar pequeños niveles de contaminación”.
Sobre el particular, Agazzi admite
que “es cierto que los transgénicos no son estables, hay
que estarlos monitoreando permanentemente. Las trasnacionales dicen
libremente que no tienen efectos negativos sobre la salud humana pero
algunos los tienen a largo plazo. El gobierno va a analizar cada solicitud
con la información disponible que habrá que verificar”.
El ministro destacó que
la nueva estructura institucional creada para actuar en el tema tiene
“mucho peso de lo académico. La ampliación de la
base de opinión e información técnica es lo que
nos va a permitir tomar decisiones con menos riesgo, porque seguridad
cero no existe”. Cabe recordar que en 2003 el Frente Amplio interpeló
al ministro de Ganadería de la época, Martín Aguirrezabala,
por la aprobación del Mon 810.
Agazzi aclaró que “nuestro
gobierno resolvió no autorizar el Mon 810 para producción
hortícola (choclo) sino sólo para alimentación
animal”. La medida se tomó “porque se trata de productores
familiares con pequeñas superficies donde las estrategias de
defensa contra la dispersión del polen no son posibles”.
Indicó además que por motivos comerciales no se permitirán
transgénicos en el arroz. En 2006 la Unión Europea detectó
un transgénico que todavía no estaba aprobado en Estados
Unidos en partidas de arroces de ese país, por lo que bloqueó
el ingreso de arroz estadounidense permitiéndole a Uruguay recuperar
ese mercado perdido.
LA NUEVA REGULACIÓN. El flamante
marco regulatorio (decreto 353/008) elimina la Comisión de Evaluación
de Riesgo de los Vegetales Genéticamente Modificados (CERV),
órgano que hasta ahora evaluaba las solicitudes, y crea una nueva
estructura compuesta por un Gabinete Nacional de Bioseguridad integrado
por los ministros de Ganadería, Economía, Salud, Vivienda
y Medio Ambiente, Relaciones Exteriores e Industria que tendrá
el cometido de autorizar las nuevas solicitudes. Este gabinete será
asesorado por una comisión técnica integrada por un delegado
de cada una de las carteras mencionadas. La comisión deberá
elaborar en el plazo de un año el proyecto de ley nacional de
bioseguridad de ogm. Una instancia técnico científica
evaluará los riesgos de los transgénicos que se solicite
introducir al país y un comité consultivo asesor, de carácter
no vinculante, colaborará con la construcción y el seguimiento
de las políticas en bioseguridad. Para su integración
se invitará a la Universidad de la República, al sector
privado y a la sociedad civil.
Se prevén dos formas de
“participación”: una por la cual cada solicitud será
divulgada mediante canales de información pública, y otra
de consulta pública no vinculante que se concretará, tal
cual estaba establecido hasta ahora, a través de la puesta de
manifiesto de las solicitudes y la convocatoria a audiencias públicas.
Gudynas critica con dureza el nuevo marco legal y considera “preocupante
que después de dos largos procesos de revisión de la situación
en el país, consultorías internacionales, y grandes comisiones
que han operado en el tema, se presente este decreto que deja muchos
elementos clave sin resolver, diciéndose que las nuevas comisiones
que se crean generarán nuevos reglamentos de funcionamiento.
Hay una transferencia de la toma de decisiones hacia el Poder Ejecutivo,
y las reglas de procedimiento no están determinadas. Por lo tanto
hay mucho voluntarismo en el decreto. El texto tampoco dice nada sobre
cómo se protegerán las semillas convencionales ni la producción
agroecológica. Ese sigue siendo un enorme capítulo faltante”.
Pero “lo más impactante es la ausencia de representantes
de los productores rurales en los organismos clave de la nueva estructura”,
agrega.
La norma establece el etiquetado voluntario de los productos transgénicos
o de productos que los contengan. Cabe recordar que en legislaturas
anteriores el Frente Amplio presentó dos proyectos de ley para
etiquetar transgénicos en forma obligatoria, tal como se exige
en Europa. Benech reconoció a Brecha que “el consumidor
tiene derecho a saber lo que consume, pero como cuando un transgénico
es aprobado se asume que no tiene riesgos para la población,
no hay necesidad de etiquetarlo. Si por cuestiones de diferenciación
en el mercado alguien quiere etiquetar, puede hacerlo por la positiva
o por la negativa. Si ponemos etiquetado obligatorio, tenemos que tener
capacidad de controlar eso e identificar los transgénicos que
no están aprobados aquí. No queremos establecer una norma
que después vayamos a violar”. Además de los transgénicos
criollos, en Uruguay se comercializan infinidad de productos procesados
importados que contienen transgénicos.
Gudynas concluye que una coexistencia
bajo este mecanismo termina favoreciendo a las empresas y perjudicando
a los productores orgánicos, que a diferencia de lo que ocurre
en Brasil y Argentina, por ejemplo, reciben apoyo gubernamental, lo
cual tiene excelentes resultados comerciales. “En Uruguay el apoyo
a ese sector es muy limitado y se carece de una norma nacional que apoye
la certificación de los productos orgánicos o naturales.
Es sorprendente ese hecho, ya que el país mantiene corrientes
exportadoras importantes en productos orgánicos (carne vacuna
pastoril u orgánica) o convencionales (arroz)”.
* “Maíz Bt en Uruguay:
elementos para una Evaluación de Riesgos Ambientales”,
julio de 2006;; “Soja transgénica en el Uruguay. Caracterización
del cultivo y elementos para una Evaluación de Riesgos Ambientales”;;
Desarrollo del Marco Nacional de Bioseguridad, dinama-pnuma-gef, Fernanda
Pardo y Gonzalo Martínez, setiembre de 2006.
** “Documento de trabajo
sobre aspectos ambientales”. Proyecto para el Desarrollo del Marco
Nacional de Bioseguridad, dinama-pnuma-gef, 8 de marzo de 2007.
*** “Francia veta el transgénico
más común en España”, El Pais (versiòn
digital, consultado el 13-I-08.
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Más y mejores alimentos*
En los últimos años
un sector importante de las organizaciones “ecologistas”
o “verdes” ha incentivado, muchas veces sin un sólido
basamento científico sino más bien con un sentido político,
el temor a los efectos que la modificación por parte del hombre
de los genomas de otras especies y la liberación al campo de
las mismas podían tener sobre los equilibrios ecológicos
y la salud humana.
Los impactos negativos temidos
que se mencionan más frecuentemente son: la trasmisión
de genes de resistencia a herbicidas a especies silvestres, el efecto
de bioinsecticidas sobre especies no dañinas, el posible efecto
tóxico o alergénico del producto de genes transferidos,
posibles alteraciones sobre las presiones evolutivas y la biodiversidad,
el potencial control abusivo de las multinacionales sobre los mercados.
Sin embargo estas inquietudes, válidas tanto para el ciudadano
común como para los científicos, han sido usadas en forma
inapropiada e injusta, llamando “alimentos veneno” o “Frankenfood”
a todos aquellos alimentos que contienen productos provenientes de organismos
genéticamente modificados (ogm), aun habiendo pasado todos los
rigurosos controles sanitarios estatales.
Frente a esta ofensiva, que en
muchos países ha alcanzado un llamativo oscurantismo y un nivel
de violencia casi “fundamentalista”, las grandes comunidades
científicas de países con un alto nivel de desarrollo
han reaccionado y salido a respaldar las investigaciones en este campo
y el enorme valor de las técnicas de transgénesis como
herramientas para mejorar la calidad y cantidad de la alimentación
de una población mundial en creciente expansión, así
como sus aplicaciones en la biomedicina, ayudando a prolongar y mejorar
la calidad de la vida humana. En este sentido se han pronunciado en
forma contundente las academias de ciencias de países como Estados
Unidos, Francia, Gran Bretaña, China, India, Brasil y México,
quienes remarcaron que los cultivos de especies transgénicas,
una vez que pasan los controles establecidos, no presentan riesgos para
la salud y el ambiente.
La Unión Europea ha llegado
a instalar la obligatoriedad de etiquetar aquellos alimentos que tengan
más de un 1 por ciento de su contenido proveniente de ogm, pero
sin embargo ha legislado respecto a que no se puede prohibir el uso
de esos cultivos a menos que se demuestre que son dañinos. En
Estados Unidos en cambio, que es el mayor productor mundial de ogm,
no sólo no se etiquetan los productos sino que se estima que
ya más del 60 por ciento de los alimentos contienen algún
componente transgénico.
Es claro que no se puede detener
la generación del conocimiento, del avance científico
y de sus aplicaciones;; las biotecnologías se han constituido
en uno de los aportes más significativos de la ciencia del último
cuarto del siglo XX por su enorme repercusión sobre la alimentación
y la biomedicina. Lo importante es que cada país cuente con mecanismos
eficientes y rigurosos de evaluación y control de nuevos productos
alimenticios y farmacológicos, ya sean provenientes de los métodos
tradicionales o de la ingeniería genética.
* Extractos del trabajo “Los
transgénicos. Cuáles son los miedos y cuáles las
expectativas sobre los alimentos provenientes de organismos genéticamente
modificados”, de Rodolfo Wettstein (en www.iibce.edu.uy, 13-VII-05).
Wettstein es investigador grado 5, jefe de la División Biología
Molecular del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente
Estable.