Tiempo
de evaluar y tomar decisiones
Fin de
año es tiempo de balances. En esta entrega (las próximas
serán en el 2013) analizaremos la política agropecuaria
que desde hace años se aplica en nuestro país y sus
consecuencias.
Hace años
que Uruguay apuesta a una agricultura sin agricultores, con los sucesivos
gobiernos esforzándose, en una antinacional competencia, por
alcanzar ese objetivo. Los lamentables resultados logrados se pretenden
enmascarar con dos falacias: “un país productivo
inserto en el Uruguay Natural”.
A poco
que analicemos la situación, encontraremos que la realidad
muestra totalmente lo opuesto. Un panorama caracterizado por la expulsión
de los pequeños productores de sus tierras; la expansión
de la frontera agrícola privilegiando monocultivos transgénicos
(soja y maíz); el avance indiscriminado de la forestación
y la extranjerización y concentración de la tierra,
son algunas de las consecuencias del modelo elegido.
Concentración
de la tierra, ¿para producir qué?
De acuerdo
a la Dirección de Estadística Agropecuaria, en 2011
ha habido una fuerte concentración de propiedad de la tierra
y cada vez menos productores en el campo. Entre el 2000 y 2011, hay
12.000 explotaciones menos y el tamaño promedio pasó
de 287 hectáreas a 361. Los predios chicos de menos de 20 hectáreas,
cayeron un 40 por ciento y los de 20 y 99 hectáreas, un 18,8
por ciento.
Por otro
lado, el 60 por ciento de la tierra -alrededor de 10 millones de hectáreas-
está en manos del 10 por ciento de los productores -unos de
4.000 propietarios- y al mismo tiempo, el 70 por ciento de los productores
-cerca de 30.000- con menos de 200 hectáreas, ocupa sólo
el 10 por ciento de las tierras.
En 60 años,
el número de explotaciones disminuyó un 50 por ciento,
su tamaño se duplicó y hubo aumentos en las explotaciones
de más de 1.000 hectáreas.
Las tierras
en manos de uruguayos pasaron del 90 al 54 por ciento, también
cayeron las propiedades de ciudadanos extranjeros de 8,6 a 2,9 por
ciento. Mientras, la superficie de tierras en poder de “personas
jurídicas” (denominación que se utiliza en el
censo como sinónimo de sociedades anónimas) y dependencias
del Estado, pasaron del 1 al 43 por ciento. Lo que se pretende es
que avalemos un modelo que entre otros males permite que los propietarios
de casi la mitad de nuestra tierra cultivable permanezcan en el anonimato.
Tomando
en cuenta que la soja ocupa el 30 por ciento de la tierra cultivada,
nos preguntamos, ¿a quien beneficia este modelo de país
productivo? Para una muestra un botón. En los alrededores del
kilómetro 50 de la ruta 33, en el departamento de Canelones,
dos tambos fueron vendidos y la tierra ahora se destina a producir
soja. A pasos agigantados en esa zona del país, las comunidades
se ven rodeadas de cultivos de soja, los predios han sido vendidos
a empresas argentinas que compran sin importar su dimensión,
ya que apuestan incrementar la superficie plantada con el grano.
Además
de la soja, que no le deja ningún beneficio al país
salvo mostrar un incremento en las exportaciones mientras el dinero
va a parar a bolsillos de especuladores extranjeros, ¿qué
se está plantando?
Aumento
de cultivos transgénicos (maíz, soja) y agrotóxicos
Durante
el 2012 se aprobaron tres nuevas variedades de maíces transgénicos.
Todos ellos con tolerancia a los herbicidas glifosato y glufosinato
de amonio y resistentes a insectos lepidópteros.
Además de estas autorizaciones, el pasado setiembre se derogó
la suspensión del maíz dulce genéticamente modificado,
que los ministerios de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP)
y el de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente (MVOTMA)
habían aprobado con fecha 17 de agosto 2006, "suspendiendo
el uso, producción y comercialización de semilla de
maíz dulce genéticamente modificado".
Esta suspensión
se basó en que ambos ministerios consideraron que "la
vulnerabilidad particular de los sectores de agricultura familiar
que llevan adelante sistemas de producción hortícola"
hace conveniente suspender el uso de las variedades de maíz
dulce que se comercializaron en los dos últimos años.
La derogación
de esta resolución echa por tierra la protección del
medio ambiente y aumenta la vulnerabilidad de los sectores de agricultura
familiar. De esta manera, las autoridades extienden un cheque en blanco
para que se contamine el maíz criollo.
Por otro
lado, también este año se autorizaron tres nuevas semillas
de soja transgénica. Una de la empresa Monsanto, tolerante
al glifosato y resistente a insectos, las otras dos de la empresa
Bayer, que además de ser resistentes a insectos toleran el
glufosinato de amonio, un herbicida elaborado por la misma empresa.
Su utilización representa un considerable riesgo para los agricultores,
causa daños a insectos en zonas circundantes y puede ser peligroso
para los consumidores al ingerir alimentos que contengan residuos
del herbicida.
A estas
semillas de soja se le agregaron dos más, autorizadas para
producción de semillas para exportación, una de ellas
tolerante no sólo al glifosato sino al herbicida Dicamba. La
soja resistente al Dicamba permitirá que en el futuro inmediato
Monsanto retire su soja RR, ya obsoleta ante el avance de las malezas
resistentes al glifosato. De manera que nuestro país está
contribuyendo, cuando todavía se están discutiendo las
consecuencias del glifosato, a que un nuevo veneno lo suplante.
Todas estas
variedades, entre otras cosas, aumentan el uso de agrotóxicos,
provocando el envenenamiento de nuestra gente -ya que los cultivos
se encuentran a pocos pasos de las poblaciones- y la contaminación
de nuestro suelo, aire y agua.
Esta situación
no coincide con la proclamada por las autoridades cuando se refieren
al éxito del cultivo de la soja transgénica. Según
algún funcionario, tal éxito se “debería
a que se trabaja estrictamente con el tema de bioseguridad, que está
relacionado con la gestión de riesgos potenciales a la salud
humana, animal y medio ambiente”.
En este
primer balance del 2012, percibimos claramente un aceleramiento en
la destrucción, no sólo del medio ambiente, sino del
tejido social de la sociedad uruguaya, muy especialmente de los casi
desaparecidos pequeños productores.
Sólo
queda esperar que el 2013 traiga mayor lucidez y compromiso a la población
para que le exija a los gobernantes cumplir con su obligación
de defender el bien común que es nuestra tierra, nuestro aire
y nuestra agua; así como garantizarnos alimentos sanos. Y que
además les recuerde que el crecimiento y el mal llamado desarrollo
carecen de sentido si se edifican sobre la base de la explotación
irracional del ambiente y de los recursos naturales. Esa es nuestra
esperanza y nuestro desafío.
RAPAL Uruguay
y UITA
Diciembre
2012