Las
desigualdades ambientales y el paradigma de la intensificación
sostenible: coordenadas para una crítica necesaria
La
intensificación sostenible de la agricultura, la agroecología,
la justicia ambiental y el papel del Estado forman parte de este texto
del ingeniero agrónomo Ezequiel Jorge Smeding, que invita a la
reflexión.
Hace
poco más de un mes cerró el plazo de la consulta pública
realizada por el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca
para la liberación en Uruguay del primer trigo transgénico
con destino a evaluación experimental en condiciones controladas.
Dicho trigo contiene dos genes que fueron introducidos adrede: uno que
le confiere resistencia al glufosinato (herbicida que mata las plantas
por acción desecante) y otro que le confiere resistencia al estrés
hídrico. Evidentemente, el interés por un trigo transgénico
parece tener argumentos si se enmarca en el paradigma de la intensificación
sostenible, como sucede generalmente con los transgénicos vegetales.
Esto se debe a que generalmente el objetivo del gen extraño que
se introduce es el de levantar alguna restricción que permita
aumentar los rendimientos del cultivo. En este caso, el objetivo es
poder usar un herbicida para permitir controlar las malezas.
De
manera que este interés en el transgénico de trigo en
condiciones controladas parece reafirmar la estrategia intensivista
basada en el uso de un paquete tecnológico ciertamente cuestionable
y que en varios lugares del mundo está puesto en duda como modelo
hegemónico para la producción agrícola. Así
las cosas, mientras que varios países se encaminan a la prohibición
del glifosato (es el
caso de Austria, del Tribunal
Administrativo de Lyon, en Francia, y, más cerca, de la
provincia de Chubut, en Argentina), en Uruguay la tensión
entre el paradigma de la intensificación sostenible y la preservación
ambiental aún resulta escasa y un tanto invisible en la discusión
pública.
Riesgos
Supongamos
que no estuviera en discusión el uso de agroquímicos ni
los paquetes tecnológicos que incluyen transgénicos (OGM).
Incluso en ese caso parece cuestionable el interés en este trigo
transgénico en particular, dado que, además de los dos
genes de interés, resultó tener un gen de resistencia
a antibióticos del tipo ampicilina (el gen bla). Con
respecto a la presencia de este tipo de genes, la Agencia Regulador
Europea, por su sigla en inglés) ha indicado que la presencia
de genes de resistencia a antibióticos del tipo ampicilina limita
el uso de los materiales vegetales únicamente para condiciones
controladas de investigación (que es, efectivamente, la solicitud
tramitada en Uruguay). No obstante, parece importante prestar atención
a la observación realizada por el Grupo Ad Hoc sobre Caracterización
e Identificación Molecular de nuevos eventos (GAHCIM) en su “Informe
Trigo HB1-PAT”, en el que se indica que la presencia del gen
bla no ocurre naturalmente en las plantas y que si bien el riesgo asociado
es bajo, dado que el gen está inactivo en el transgénico
en cuestión, las consecuencias podrían ser muy graves
en el caso –casi improbable– de que dicho gen se activara.
Esta
aparente contradicción entre la evidencia científica obtenida
hasta el momento, que no ha encontrado altos riesgos de transferencia
horizontal del gen bla, y la observación realizada por el GAHCIM
pone de manifiesto la insuficiencia de la ciencia per se a la hora de
resolver las controversias científicas que atraviesan el debate
público, en este caso sobre el uso del paquete OGM + herbicidas
enmarcado en el actual paradigma de la intensificación sostenible
y que, en este trigo modificado en particular, puede suponer nada más
y nada menos que un riesgo poco probable pero de alto impacto en términos
de salud pública.
Precisamente,
la Organización Mundial de la Salud ha comenzado a desplegar
su Plan de Acción Global contra la Resistencia a Antibióticos,
en respuesta al incremento de las resistencias a los antibióticos,
al costo que estas implican para los sistemas sanitarios (sobre todo
para los países en vías de desarrollo) y el perjuicio
que genera contra las metas del desarrollo sostenible. En definitiva,
la pregunta de fondo es cuál es el riesgo asociado al modelo
productivo vigente que hay que pagar. ¿Estamos dispuestos como
sociedad a asumir ese riesgo?
Efectos
colaterales
Ahora
bien, el cuestionamiento al paradigma de intensificación sostenible
no acaba solamente en la crítica a su visión economicista,
integrada perfectamente a la lógica neoliberal de maximización
de los resultados económicos. Por el contrario, incluso si se
toma en cuenta la demanda, siempre presente en el discurso neoliberal,
de disminuir el costo del Estado, cabe cuestionarnos qué es lo
que pasa cuando, por ejemplo, la agricultura convencional afecta la
producción de miel. Sin ir más lejos, los productores
apícolas se han venido manifestando
públicamente
sobre la pérdida de productividad (asociada a la expansión
de los monocultivos y la falta de biodiversidad floral) así como
por la pérdida de valor de la miel uruguaya como consecuencia
de la presencia de residuos de agroquímicos en las mieles que
eran destinadas al mercado europeo. En consecuencia, la Sociedad Apícola
del Uruguay –aunque sin éxito– ha manifestado la
necesidad de un subsidio
otorgado por el Estado mediante un apoyo económico para contrarrestar
los bajos precios obtenidos por la miel mientras no haya un cambio en
el modelo agrícola basado en el uso de agroquímicos.
En
definitiva, esta situación nos renueva el interrogante de si
es posible o no la coexistencia de dos modelos productivos distintos.
¿Qué pasa con el derecho de un productor a plantar, por
ejemplo, maíz no transgénico, si se encuentra rodeado
de vecinos que sí utilizan maíz transgénico? La
trayectoria del polen no sabe de límites entre chacras. Esto
no quiere decir que necesariamente no haya coexistencia posible, pero
sí que –como mínimo– se requiere un esfuerzo
sustancial en términos de planificación del paisaje productivo.
Precisamente,
el modelo agrícola hegemónico basado en el uso intensivo
de agroquímicos transcurre afectando también otras actividades
económicas: ¿cuál es el perjuicio económico
que habrá sobre el turismo de sol y playa debido a los afloramientos
de cianobacterias que avanzan año a año en la costa uruguaya?
En este sentido no debemos olvidar que evidentemente hay una acumulación
que se arrastra desde las cuencas altas de nuestros principales ríos,
es decir, que parte de la eutrofización y la contaminación
de nuestras aguas tiene su origen en actividades productivas desarrolladas
en los países vecinos. Por lo tanto, no es cuestión de
identificar a “los malos”, porque eso sólo llevaría
a la ausencia de diálogo entre las distintas visiones y, peor
aun, a la inamovilidad del estado de las cosas.
¿Quién
paga el costo?
El
paradigma de la intensificación sostenible, al margen de los
esfuerzos realizados en materia de política ambiental materializados
por medio de un marco regulatorio que intenta definir lo “utilizable”
(en el caso de los planes de uso y manejo de suelos para la agricultura
y la lechería, por ejemplo, se parte del acuerdo de un máximo
de erosión permitido por hectárea y por año), parece
requerir de manera sine qua non una suerte de “subsidio ambiental”
desde la sociedad. Esto no es otra cosa que aquella degradación
ambiental que se toma como un hecho y por la cual el modelo de producción
no se hace responsable: hay un traslado de los costos ambientales desde
el modelo productivo hacia la sociedad. Muchas veces, esto se traduce
en costos incrementales que recaen sobre los hombros de los contribuyentes,
como en el caso del incremento de los costos del proceso de potabilización
del agua que se traslada o bien directamente a la tarifa pública
o bien compitiendo por recursos con otros destinos (por ejemplo, políticas
educativas, sociales, laborales) dentro del Presupuesto Nacional.
Existe
una tensión entre los enfoques científico-tecnológicos
reduccionistas que intentan validar el paradigma de la intensificación
sostenible y los reclamos surgidos desde la sociedad en materia de avance
hacia una transición agroecológica.
Otras
veces, el costo ambiental se socializa mediante una degradación
ambiental que es acumulativa, de largo plazo, y, en tanto consideremos
el acceso al ambiente como un derecho transgeneracional, esta dinámica
implica un costo diferido en el tiempo y que, de algún modo,
transcurre como un subsidio que se toma desde las generaciones futuras
(sin preguntar por su consentimiento, claro está).
Pero
supongamos que esta conceptualización resulta de una abstracción
que no es compatible con los horizontes temporales de la velocidad de
mercado, la socialización de los costos ambientales también
surge como consecuencia de las desigualdades económicas entre
distintos grupos sociales. Como sucede con otras desigualdades, es sobre
los grupos sociales más vulnerables que recae la mayor parte
del impacto ambiental negativo. Basta pensar en quiénes son los
que habitan el espacio rural –que, en definitiva, son los que
les ponen el alma y la carne a las malas prácticas agrícolas,
por ejemplo cuando no se respetan los límites para la fumigación
y se afectan escuelas o centros poblados–. A escala más
global, en general los más vulnerables frente a los episodios
climáticos extremos (asociados al cambio climático) provienen
también de los grupos socioeconómicos menos favorecidos.
En
efecto, es en esta idea de que los individuos no son todos iguales frente
a las degradaciones ambientales donde anida la ontogénesis misma
de la justicia ambiental. Es decir, la justicia ambiental surge como
respuesta a una desigualdad ambiental que, según
Éloi Laurent, discurre por distintas vías de vulnerabilidad
según el país y sus estructuras sociales (grupos étnicos,
poblaciones marginadas, grupo de vulnerabilidad) y nivel de redistribución
de la riqueza. En otras palabras, las condiciones estructurales que
determinan las desigualdades económicas y de acceso a la cultura
constituyen también las condiciones demarcadoras de los niveles
de vulnerabilidad frente a la degradación ambiental. Consecuentemente,
reside allí un mecanismo que dirige, al menos en parte, los flujos
de distribución y socialización de los costos ambientales
del correspondiente modelo productivo.
Abonar
la concepción del acceso a un ambiente sano como derecho humano
implica analizar el modelo productivo (inserto dentro de una estrategia
de desarrollo) desde esferas distintas y complementarias a la arista
económica. No obstante, esto no debería implicar el menosprecio
hacia el rol central que tiene el crecimiento económico para
lograr mejores niveles de equidad e igualdad social, máxime en
un país de renta media y en proceso de desarrollo, como es el
caso de Uruguay.
Evidentemente
existe una tensión entre los enfoques científico-tecnológicos
reduccionistas que intentan validar el paradigma de la intensificación
sostenible y los reclamos surgidos desde la sociedad en materia de avance
hacia una transición agroecológica. Esta “disputa
por la verdad” y la aparente falta de un marco de referencia común
que haga posible la discusión argumental entre las posiciones
surge en parte por diferencias en los horizontes temporales. Yves Citton,
en Para una interpretación científico-literaria de
las controversias científicas, sostiene que, justamente,
los modelos productivos sustentados en una lógica meramente economicista
resultan incompetentes a la hora de generar progreso social, bienestar
humano y de conservar el ambiente, debido a que al enmarcarse en la
lógica de la libre competencia del mercado “no puede[n]
operar sino en temporalidades extremadamente cortas”, que no concuerdan
con los tiempos propios de los ciclos ambientales. Es decir, la posibilidad
de tener una idea sopesada de la interacción entre el modelo
productivo y el ambiente muchas veces se ve limitada en la medida en
que la validación de los paquetes tecnológicos opera en
esquemas de tiempos muy cortos. Esto implica necesariamente repensar
el modelo productivo y, para ello, las políticas productivas
y los esquemas de I+D que lo sostengan deben repensar y rediscutir la
tecnología de producción desde otras temporalidades que
no obedezcan únicamente al ritmo de los mercados y su inmediatez,
sino al ritmo y a los ciclos de la vida.
De
hecho, y para ponerle cifras al asunto, investigadores
uruguayos (Beretta, Perez, Carrasco, 2019) publicaron un trabajo
realizado a partir del seguimiento de chacras agrícolas entre
2002 y 2014. Los investigadores encontraron que hubo un deterioro generalizado
de todas las variables analizadas (materia orgánica, niveles
de nutrientes minerales como fósforo o potasio, pH, etcétera),
asociado al incremento de la productividad por unidad de superficie,
es decir, como consecuencia de la trayectoria de intensificación
agrícola. Este proceso de intensificación productiva rompió
el equilibrio entre producción y ambiente, incluso bajo el uso
masivo de la siembra directa y del glifosato como herbicida central
del paquete tecnológico –que ha sido la gran estrategia
tecnológica del paradigma actual en el avance de la agricultura
de secano durante los últimos años–. El trabajo
va más allá y sugiere que si se sigue la trayectoria actual,
al cabo de algunos años una gran parte de los suelos agrícolas
disminuirán su potencial productivo y perderán su capacidad
de producir cultivos de forma sustentable.
En
definitiva, el cuestionamiento al modelo de producción agrícola
basado en el uso intensivo de agroquímicos y la incipiente deslegitimación
del paradigma de la intensificación sostenible nos obliga a repolitizar
la discusión científico-tecnológica en tanto punto
de partida para la concepción de políticas de I+D orientadas
al desarrollo de una producción agropecuaria acorde a los desafíos
del mundo actual. Al final, ni se trata de establecer unas categorías
de supremacía moral de los unos contra los otros (quienes bregan
por uno u otro modelo productivo) ni de desconocer la legítima
y sana aspiración de los productores a trabajar y generar riquezas
para el país. La cuestión es más compleja y más
profunda: se trata de rediscutir en clave nacional –pero también
en clave regional– qué y cómo producimos, y cómo,
poco a poco, integramos la idea del acceso a un ambiente sano como una
cuestión de derechos transgeneracionales en la concepción
de las políticas productivas.
Ezequiel
Jorge Smeding es ingeniero agrónomo y estudiante de la Maestría
en Ciencias Agrarias.
La
Diaria
Agosto
2019