¿Otra
revolución verde? (2/2)
Gritos Intestinales
En el
primero de estos dos artículos ofrecía un paralelismo
entre la revolución verde agrícola del siglo pasado y
el actual boom de energías renovables. Me faltó añadir
otros elementos fundamentales donde, creo, encontrar semejanzas entre
una y otra.
Escudados
en la supuesta necesidad de producir más, nadie dijo entonces
que detrás de esa ‘revolución verde agrícola’
habría tantas y tantas víctimas. El concepto de soberanía
alimentaria apareció entonces, justamente, como respuesta a esas
‘externalidades’ nunca antes visibilizadas. Si en esta nuestra
orilla, con la llegada de ingente maquinaria se sufrió un éxodo
campesino a las ciudades, en la otra, se organizaban guerras para la
apropiación del petróleo que la movería. Si los
pueblos de aquí lloran aún su soledad, territorios soberanos
como el Sáhara, rico en los fertilizantes que la industria agraria
requiere, sufren una ocupación imperdonable con la complicidad
de la comunidad internacional. Que España sea una potencia en
la producción de cerdos depende de la importación de soja
para alimentarlos y por lo tanto depende de los incendios de la Amazonía
o el Cerrado en Brasil…
Y de la misma
manera, tenemos que advertir de que el hecho de que aquí, en
Europa, rueden las turbinas de los molinos de viento para producir energía
verde está directamente relacionado con el cáncer de pulmón
que, en Antofagasta (Chile), sufre un 10% de la población, porque
desde una considerable distancia, cuatro horas de coche, llegan por
el aire metales pesados de una de las mayores minas a cielo abierto
del mundo. En Chuquicamata, un cráter de 4 kilómetros
de diámetro y uno de profundidad, se extrae el cobre que requieren
las turbinas eólicas y el cableado para transportar la energía
eléctrica producida por ellas y el que requieren también
las baterías, bobinas y motores de los coches eléctricos
‘superecológicos’ que la usan. Les recomiendo el
documental La cara oculta de las energías renovables donde,
en silencio, se explica muy bien esta realidad.
Metales pesados
en el aire, en las aguas fluviales y en la sangre y en la orina de unos
tres millones de personas indígenas del Perú, un
Estado tóxico, cuyos pueblos están muy cercanos a
las muchas minas –también de cobre– del llamado Corredor
Minero de los Andes. Durante las 24 horas del día, las minas
están activas y el trasiego de los camiones no cesa, agrietando
sus casas y desparramando nubes de polvo tóxico sobre los cultivos
de estas familias. Las tierras se vuelven áridas, el agua deja
de ser potable, las llamas mueren bebiendo de ella o alimentándose
de los pastos también contaminados… y una forma de vida
sostenible pasa a ser una vida invivible. De hecho, en Perú,
las afecciones respiratorias de la población son responsables
de un índice de mortalidad por coronavirus superior a la media.
Lo mismo
ocurre en la llamada Silicon Valley de las tierras raras, en la provincia
china de la Mongolia interior, que convierte a este país en el
primer país extractor de estos minerales, con más de un
70% de la producción mundial. “En Occidente queríamos
los metales, pero no el coste ecológico de obtenerlos, en cierta
manera, deslocalizamos la contaminación a China y así
podemos decir que hacemos una transición energética ecológica”,
explica GuillaumPitron en su libro La guerra de los metales raros
(Península) para escenificar los efectos de esta “contaminación
exportada”.
Ya tenemos,
más o menos, el 80% de toda la tierra mundial convertida en monocultivos
y el 70% gestionada solo por un 1% de todos sus propietarios.
El próximo
libro de Alfons Pérez, Pactos verdes en tiempos de pandemias,
recoge una lista mayor de conflictos relacionados con estas materias
primas críticas para la revolución verde energética
que tanto se anhela: las condiciones de trabajo cercanas a la esclavitud
que denuncian los
trabajadores de la mina de cobalto de Bouazar (Marruecos);
la contaminación del agua y de los ecosistemas por parte
de la compañía minera Glencore-Katanga en el Congo, con
amenazas y violencia contra activistas (no dejen de ver el documental
Machini); las lluvias
ácidas y las emisiones de dióxido de azufre provocadas
también por Glencore en Zambia; las luchas del pueblo
indígena Karonsi’e Dongi contra la minera Vale, S.A.,
en Indonesia; y, desde luego en mayúsculas, el conflicto geoestratégico
abierto por los recursos de litio en el salar
de Uyuni (Bolivia), donde empresas como Tesla, líder en tantos
negocios ‘limpios’ que requieren de este mineral, están
detrás, según declaraciones de Evo Morales, del golpe
de Estado del año pasado. Añadamos en este listado la
expansión minera prevista también en la península
ibérica.
Por último,
teniendo en cuenta las dimensiones de los molinos o los parques eólicos,
veo también similitud con el gigantismo al que rindió
culto la revolución verde agraria. Del improductivo minifundio
tuvimos que pasar al mucho más lustrado latifundio; del latifundio
a las grandes plantaciones y ya tenemos, más o menos, el 80%
de toda la tierra mundial convertida en monocultivos y el 70% gestionada
solo por un 1% de todos sus propietarios. De animales en el prado de
la finca o en el patio de la casa, se pasó a las granjas de 50
animales que crecieron hasta albergar cientos de animales, pero dicen
que se quedaron chicas y ahora tenemos, multiplicándose por toda
la península, megagranjas de miles de animales que no son nada
frente a las supermegagranjas de China de 12 y 14 plantas, cual rascacielos
porcinos. Del carro tirado por mulas se pasó al tractor tirado
por caballos de vapor y de este a megatractores anchos como dos carriles
de autopista; de una pequeña represa en el río junto a
cada pueblo, a las centrales hidroeléctricas de las multinacionales
y sus matones (lo digo abiertamente por los muchos asesinatos de defensoras
de la tierra), que dan risa si las comparamos con la presa de las Tres
Gargantas en China, una central de ‘energía renovable’
que ha expulsado a más de un millón de personas que vivían
sosteniblemente.
Cada uno
de esos molinos insertados cual estacas en la tierra me remite a las
imágenes de los pozos de petróleo en los Estados Unidos
que he conocido por el cine o los documentales. Cierto que el ruido
de los molinos no debe ayudarme a apreciar las muchísimas diferencias
entre unos y otros. Pero queda claro que nos seguimos sintiendo los
dueños de la Naturaleza y, como ocurrió con la llegada
de las energías fósiles, seguimos sin cuestionarnos hasta
qué punto es natural industrializar lo natural. ¿Cuántos
árboles, cuánta vegetación, cuánta flora
y fauna hemos asesinado en la ocupación del territorio tomado
por los molinos y sus caminos? Siento cada molino como la muleta que
sostiene una humanidad sobrecivilizada pero coja de sentimientos y emociones.
La soberanía
alimentaria, a medida que fue desarrollando su discurso, entendió
con claridad que, además de reclamar políticamente el
control social de la agricultura y la alimentación y de denunciar
las injusticias Norte/Sur, debía posicionarse rotundamente a
favor de un modelo productivo, en este caso la agroecología,
que nace de la visión tradicional de la agricultura campesina.
No es sostenible consumir productos de otros lugares, ni de fuera de
temporada, aunque sean ecológicos. No podemos asumir como sostenibles
productos locales si están cosechados por manos maltratadas laboralmente.
En las luchas por la descarbonización de la atmósfera
y la soberanía energética, como también apunta
Pablo
Bertinat, ingeniero electricista, es central esta reflexión
de modelo y mirada global. “No solo es encontrar un estilo de
desarrollo que sea menos intensivo en términos de energía
y de materiales, sino que también tenemos que romper ese esquema
de fuerte desigualdad. Esto hace que haya gente que tenga que consumir
más, otra menos y todos consumir distinto. Tenemos que encontrar
procesos de satisfacción de necesidades con menos. En definitiva,
cómo ser felices con menos materia y energía. Con la desigualdad
en el centro”.
Desde el
Sáhara ocupado por sus riquezas como la pesca o los fosfatos
(por cierto, extraídos de la mina de Bucraa con energía
eólica instalada por la empresa Siemens Gamesa), el poeta LualiLeshan
nos interpela con estos rotundos versos anatómicos:
El lenguaje
con el que chillan los intestinos del Sur es un enigma en los oídos
del norte.
¿Enigma?
Algunos medios de comunicación esconden datos, la publicidad
empresarial maquilla rostros, cierto, pero ¿no será que
tanto esfuerzo por reclamar las energías renovables nos ha dejado
la conciencia tan tranquila que se nos ha olvidado pensar?
Gustavo
Duch
Enero 2021.